Carlos, un célebre escritor de novelas de misterio, acaba de perder a su esposa. Una noche, en una ceremonia de entrega de premios literarios, conoce a Sofía, una inteligente editora que lleva una vida sin grandes sorpresas. Tras este casual encuentro, nada hace presagiar la enigmática conexión que les une.

15 euros
Capítulo 1.
El creador de mundos
Aquella mañana el sol lucía radiante. Su manera de colarse por la ventana hacía de aquella habitación un verdadero oasis de colores, un lugar en el que cualquier niño soñaría con tener su refugio. El viento, que no deseaba ser menos, ululaba a través de un pequeño hueco de la ventana que había sido dejado abierto a conciencia.
—¡Vamos, chicos, tenemos que aprovechar y salir temprano si queremos disfrutar del día! —exclamó Lucía desde la entrada.
Adrián y Sergio aún remoloneaban en sus camas, obligados a elegir entre seguir allí unos minutos más disfrutando de la suavidad del algodón o vestirse rápidamente para ponerse en marcha cuanto antes. Por el momento, ganaba el cansancio.
Lucía y Miguel habían estado planeando aquel viaje durante meses, por no decir durante años. Por fin habían logrado crear las condiciones idóneas para permitirse hacerlo, y ahora que tenían el camino expedito, libre de las trabas que suelen imponer el trabajo o la enfermedad, casi no sabían por dónde empezar. Esperar a que sus hijos fuesen un poco mayores, a haber ahorrado lo suficiente y a encontrar la forma de mantener algunos ingresos extra que pudieran ayudarles durante el tiempo que estuviesen fuera se había convertido en todo un ejercicio de paciencia y trabajo en equipo. Por suerte, lo eran.
—¿Estás listo, cariño? —preguntó Lucía a su marido dulcemente mientras le besaba cariñosamente en la mejilla.
Miguel, que en aquel momento se encontraba ultimando los detalles de aquel viaje ordenando unos cuantos mapas que había recopilado, respondió con una sonrisa en el rostro:
—Nunca lo había estado tanto.
El repentino llanto de un bebé le sacó de su ensimismamiento. Con la rapidez de un rayo, retiró sus dedos del teclado de su ordenador y se dirigió a la habitación donde estaba su hijo. Tocaba la hora de darle el biberón, y desde que él era el encargado de hacerlo, se había prometido ser muy meticuloso con aquel asunto.
Carlos era escritor, o como a él le gustaba que le llamasen, “creador de mundos”. A sus amigos les sorprendía la forma en que era capaz de contar historias, valiéndose para ello únicamente de un ordenador portátil y de su imaginación. Para hacerlo, le bastaba con cerrar los ojos durante unos minutos y tratar de visualizar un boceto del mundo que deseaba crear. Más tarde, en una especie de soñar despierto, ahondaba en los personajes y en la historia que quería transmitir, tratando de darles forma con imágenes en su mente. Finalmente, y esto era lo más difícil, comenzaba a poner en palabras todo aquello que había imaginado, de forma que quien lo leyera pudiera crearse un retrato lo más similar posible al que él había ideado en su cabeza.
Con el tiempo se dio cuenta de que esto no solo era imposible, sino que resultaba más bello el hecho de que cada lector imaginase sus escenas y experimentase sus propias emociones al adentrarse en la historia.
Lo que más le gustaba de su trabajo era la facilidad que le daba para viajar, aunque, la mayoría de las veces, tan solo fuese con su imaginación. Sin moverse de casa, era capaz de visitar recónditos lugares y estar presente en hermosos escenarios donde cosas increíbles podían suceder. Tal era así que, mientras escribía algunas de sus novelas, muchas veces no deseaba regresar al mundo real. Su mundo creado le atrapaba, le invitaba a quedarse muchas veces allí, siendo el protagonista o a interviniendo en el desarrollo de la historia.
Lo que menos le gustaba era lo que él llamaba “la soledad de escritor”, algo inherente a su profesión y que muchas veces le llevaba a pasar gran cantidad de horas consigo mismo, alejado de los suyos. Suele decirse, muchas veces con razón, que los escritores son personas solitarias con un gran mundo interior. Aquello se cumplía a la perfección para Carlos, el cual contaba con el número justo de amistades y con amplias dosis de creatividad e imaginación para ser capaz de construir sus historias.
Cuando aquella mañana sostuvo en sus brazos a su hijo Pablo, de apenas nueve meses de edad, no pudo evitar que sus ojos se llenasen de lágrimas. Le recordaba tanto a ella… Resultaba sorprendente cómo un pequeño de tan corta edad pudiera parecerse tanto a su madre. Su nariz, orejas y boca eran idénticas a las de su mujer, lo cual podría interpretarse como una señal que le ayudaba a sentirla todavía muy cerca, o como una macabra marca del destino, que deseaba recordarle el amargo sabor del dolor de perder a alguien. La forma de verlo únicamente dependía de él.
Carlos vivía en una casa bastante grande. La había comprado con su mujer cuando su proyecto de vida también lo era. Su detalle más llamativo era quizá sus enormes ventanales en su parte delantera. Cuando las persianas automáticas no estaban echadas, podía divisar el jardín desde la mesa del comedor mientras escribía. Aquello le inspiraba, como si de algún modo los árboles le ayudasen a que las palabras que se formaban en su mente fluyesen mejor.
Ahora que solo estaban Pablo y él, los cuatro dormitorios de los que constaba se antojaban excesivos, y aunque durante un tiempo pensó en venderla y buscarse algo más pequeño, prefirió seguir allí. A pesar de todo, guardaba buenos recuerdos de aquella casa, y además de ser encantadora, estaba ubicada en un lugar bastante bueno.
Tras unos minutos, Carlos terminó de dar de comer a su hijo y lo tumbó a su lado en una cuna portátil que tenía. Acto seguido se dispuso a seguir escribiendo un poco más.
Justo cuando estaba listo para continuar con su última obra, una llamada a su teléfono móvil volvió a interrumpir su concentración:
—¿Sí? —respondió con curiosidad al no tener guardado el número en la agenda.
Tras una breve pausa, una mujer al otro lado del teléfono comenzó a hablar:
—Buenas tardes Señor Bauer. Le llamamos de la editorial “Más que letras”. Deseamos informarle de que ha sido usted el ganador del último certamen nacional de novelas de misterio, al cual presentó su última obra “Sombras en la niebla”.
Carlos aún no se acostumbraba a escuchar su apellido alemán. Su padre, originario de Múnich, se había visto obligado a emigrar a España por cuestiones de trabajo cuando aún era muy joven. Fue allí donde conoció a la que sería su esposa durante diez años y donde nacería el único de sus hijos.
Para el escritor, oír aquellas palabras le llenaron de un tremendo orgullo. Siempre había querido dedicarse a escribir, pero jamás imaginó que llegaría a ser tan reconocido. Se trataba del segundo concurso que ganaba en el mismo año, y aquello para él era un auténtico premio a la constancia.
La obra que acababan de mencionarle había sido quizá la más difícil de escribir. La había comenzado justo cuando a su mujer le habían detectado aquella maldita enfermedad cuyo nombre no deseaba ni pronunciar. Cuando la terminó, ella ya no formaba parte de este mundo. Era algo que muy probablemente los lectores habrían podido notar en el transcurso de su forma de escribir. Tenía mérito que, a pesar de su enorme carga emocional de aquel momento, la novela hubiera gustado tanto.
—No sabe cuánto se lo agradezco. Yo… —respondió el escritor.
Con una pausa tras la cual no supo muy bien qué decir, su interlocutora decidió continuar hablando:
—Nos gustaría que este sábado pudiera acompañarnos en el Hotel Blink para recoger el premio y asistir a la cena que tenemos preparada. Lógicamente puede traer a sus familiares y amigos.
Carlos miró de reojo a Pablo, que justo acababa de quedarse profundamente dormido.
Tras unos segundos de aparente reflexión, al fin logró responder con seguridad:
—Allí estaré.