Daniel Lobato

Psicólogo y escritor

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La última noche

Blanca, una psicóloga separada y madre de dos hijas, planea celebrar el fin de año en casa con su familia. Lo que no imagina es que esa noche tendrá que dar lo mejor de sí misma para poder volver a tomarse las uvas un año más…

15 euros

Capítulo 1.

Helados de chocolate

Algodón de azúcar. Un olor inconfundible y difícil de encontrar en cualquier lugar distinto a un parque de atracciones se colaba por su nariz casi sin permiso.

—¡Vamos, Laura! —gritó Blanca mientras agarraba de la mano a su otra hija.

Sin embargo, los que de verdad le encantaban eran los helados de chocolate. Así había sido desde que su abuelo le dio a probar uno por primera vez cuando era pequeña.

Aún era capaz de recordar aquel día de verano. Habían visitado un pequeño pueblo pesquero en familia, y su abuelito les había comprado un helado a ella y a su hermana, asegurándoles que desde aquel instante quedarían atrapadas en las garras del sabor de la madre de todos los dulces. Y así había sido…

Hoy, más de treinta años después, aún era incapaz de dejar pasar más de un día sin dejarse seducir por el inconfundible sabor de aquel manjar de los dioses.

Lo realmente extraño, la auténtica paradoja de la vida, era que a ninguna de sus dos hijas les gustaba el chocolate. Blanca, negándose a admitir aquella realidad, se aventuraba a deducir que aquello tenía que ver con los deseos de las pequeñas de llevarles la contraria. Estaban en una edad que empezaba a ser difícil, si es que existe alguna edad fácil en esto de los niños, y todo lo relacionado con parecerse a mamá era descartado con rapidez.

—¡No puedo ir más deprisa, tengo los pies muy pequeños! —gritó Laura desde unos metros de distancia mientras se afanaba en acercarse a su madre y a su hermana a pasos agigantados.

Daniela, la hermana más pequeña, sostenía con su mano libre un enorme pompón de algodón de azúcar que mordisqueaba mientras caminaba y que su madre le había comprado al entrar en el parque. Era rosa, con un sabor ligeramente tostado y de textura pegajosa, algo que hacía que a la niña se le quedasen pegados a la cara varios trozos a cada bocado que daba.

—Además, no sé para qué nos has traído aquí si apenas íbamos a estar una hora —añadió Laura desde una distancia cada vez menor y con un gesto visiblemente molesto.

Blanca estuvo a punto de responder, pero en el fondo sabía que su hija llevaba razón. Últimamente sus obligaciones laborales le habían quitado mucho tiempo, y haberse puesto trabajo ese día tan especial del año no hablaba demasiado bien de ella como madre. O al menos, quizá no como la madre que sus hijas quisieran tener.

—¡Deja de refunfuñar! —gritó en un intento por mantener la autoridad —. ¿Qué tal si subimos a la noria antes de irnos? —sugirió Blanca buscando en aquel gesto algún tipo de redención espontánea de todos sus males.

Daniela y Laura se miraron a los ojos, y en menos de lo que canta un gallo cada una fue capaz de adivinar los deseos de la otra:

—¡Sí! —exclamaron al unísono mientras corrían hasta el comienzo de la atracción sin ni siquiera esperar a su madre.

Blanca sintió un gran alivio al verlas correr despreocupadamente. Al menos en ese instante eran felices, y con eso le bastaba, aunque fuese de momento. Ella, por su parte, prefería dar vueltas en aquel artilugio metálico que quedarse atrapada en sus pensamientos circulares, algo que temía que ocurriera a raíz de la queja de su hija mayor.

Su historia reciente no era agradable. Se había separado hacía un año, y para colmo de los colmos, apenas unos días después le habían reducido la jornada en su trabajo en la clínica. Parecía como si el infortunio hubiese decidido hacer su aparición de manera simultánea en varios escenarios de su vida, ya que justo una semana más tarde se hizo un esguince de tobillo tras una caída tonta.

Una parte de ella pensaba que aquello se trataba de algún tipo de justicia divina. Lo que le había hecho a su exmarido durante los últimos meses de su relación no estaba bien. Aunque esto era algo que ella ya sabía, a su favor tenía el hecho de que él la hubiese ido apartando de su vida poco a poco. La llama se había apagado, su compromiso de vida tambaleado y la ilusión había muerto. ¿Tan grave había sido su error?

Desde que todo aquello ocurrió, Blanca se había visto obligada a compaginar su trabajo de psicóloga con algunas horas extra que hacía en una cafetería en el centro, a la que acudía supliendo a una compañera. No era el trabajo de su vida, pero le ayudaba a pagar las facturas.

Siempre había estado interesada en la psicología. Su padre le había inculcado la habilidad de hacerse preguntas y de no conformarse con aceptar las cosas siempre tal y como le eran contadas. Juan, que así se llamaba, insistía en que la única manera de avanzar en las diferentes áreas de la vida era siendo capaces de cuestionarnos la realidad y reconocer los propios errores para seguir creciendo. Tal era así, que hoy en día Blanca no soportaba a la gente que engañaba a los demás o que se engañaba a sí misma, ya que pensaba que desde esa forma de relacionarse no se podía mejorar. Precisamente por eso, aquel error del pasado le perseguía como los monstruos lo hacen en nuestras pesadillas…

Aquella tarde era la del día de fin de año, y se había visto en el dilema de si aceptar a un paciente nuevo que había insistido en coger cita con ella para ese mismo día o, por el contrario, quedase en casa con su familia toda la noche. Al parecer, aquel hombre venía recomendado por otro cliente anterior, y había insistido en que necesitaba ver a alguien para “superar” aquella noche. Cuando Susana, su secretaria, le había contado los detalles de aquella llamada, no le resultó demasiado difícil comprender que aquello podría tener bastante sentido. Hay muchas personas que realmente se vuelven melancólicas en las fiestas navideñas, llegando incluso a pensar en quitarse la vida en los casos más extremos.

—Cariño ya hemos hablado de esto. Mamá hoy tiene que trabajar y os ha prometido que será por muy poco tiempo —respondió Blanca mientras se acercaba a la atracción, tratando de dar respuesta al disgusto de su hija apenas minutos antes.

En ese instante, Daniela, de siete años, preguntó mirando a su madre con ojos tristes:

—¿Quieres más a tus pacientes que a nosotras, mami?

Aquella pregunta le sentó como un cuchillo directo al pecho. Ni tan siquiera el ruido ensordecedor de aquella noria pudo silenciar el rugir de su corazón, que en ese momento palpitaba angustiado.

En ese momento, Blanca se agachó para colocarse a la altura de su hija y, antes de besarla en la frente, le dijo:

—No hay nadie en el mundo a quien quiera más que a vosotras, ¿de acuerdo?

Justo tras terminar de pronunciar aquella frase, sintió una súbita punzada en la boca del estómago, seguida de un pensamiento de lo más desagradable: “¿Llevaría razón su hija y no estaría dedicándoles el tiempo suficiente?”

Después de sacar las entradas y subirse a su cabina, la noria comenzó su conocida marcha. Siempre le habían mareado las norias, incluso recordaba una ocasión en la que se había desmayado en una cuando esta había cogido más velocidad de la que ella esperaba.

Tras escuchar a Daniela y por más que trató de evitarlo, en la cabeza de Blanca comenzaron a aparecer imágenes de su pasado combinadas con dudas acerca de su presente.

Desde que se separó de Pablo, un hombre que la había conquistado hacía muchos años con una dulzura que se esfumó como el humo de una chimenea en invierno, no había dejado de preguntarse si había hecho lo correcto. Por aquel entonces, ella apenas ingresaba dinero en la consulta, vivía en la casa de él y sus perspectivas de trabajo no resultaban muy halagüeñas. Sin embargo, había decidido dar el paso de separarse por su bien y el de sus hijas, algo que no parecía tener del todo claro si realmente estaba consiguiendo.

Hoy en día seguía muy apurada económicamente, vivían de alquiler en una casa que se les quedaba pequeña y sus hijas tenían que renunciar a cosas que otros niños si tenían. La mísera manutención que su marido les pasaba cada mes no ayudaba demasiado, algo que acrecentaba su inquietud.

A pesar de la pregunta incómoda de de su hija Daniela, las niñas parecían estar pasándolo en grande subidas allí.

—¡Mira mamá, casi puedo ver nuestra casa desde aquí! —gritó Laura con rostro de sorpresa.

Daniela, entretanto, hacía esfuerzos por terminarse los restos de algodón de azúcar que habían quedado incrustados en el palo. Fruto de la inocencia propia de los niños, había olvidado por completo la pregunta a su  madre de hacía apenas unos segundos.

Una vez bajaron de la atracción, Blanca se sintió algo mareada y hambrienta.

Justo antes de salir del parque, se detuvieron en uno de los puestos de la entrada y pidió un helado de chocolate para comérselo de camino al coche.

—¿Quieres uno Laura? —preguntó por cortesía, conocedora de la respuesta.

Su hija la miró con ojos de cierta repugnancia, y le dijo:

—¿De chocolate? Puajjjj, que asco. Prefiero de fresa.

Blanca no pudo más que echarse a reír ante la divertida expresión en el rostro de su hija. Acto seguido, después de pagar al dependiente, tomó su helado, le dio el suyo a Laura y se dejó cautivar por él mientras comenzaba a chupetearlo.

Cada vez que se sentía triste o agobiada recurría a sus helados de chocolate. Era consciente de que, de continuar así, probablemente acabaría pasada de peso y su salud se resentiría, sin embargo no estaba dispuesta a renunciar a ellos por nada en el mundo.    

Cuando se tomaba uno, era como viajar en el tiempo. Le resultaba increíble como el simple hecho de lamer una bola de chocolate o morder un crujiente helado almendrado podía llevarla literalmente a revivir escenas de su pasado.

 En él, jugaba con sus abuelos. Jugaba a la pelota, al pilla pilla, al escondite, a trepar por los árboles. A cualquier cosa que implicara pasar un rato divertido. Y lo mejor era que se reía, se reía mucho. Su abuelo Carlos era de lo más divertido y tierno, y siempre estaba inventando juegos y cosas que hacer para ella y su hermana. Blanca le quería con locura, y el día que tuvo que decirle adiós fue, sin duda, el más duro de su vida.

 Su infancia había sido la que cualquier niño hubiese soñado tener. Lo que más le gustaba era pasar los veranos en una pequeña casita de campo que tenían, donde disfrutaba bañándose en una enorme alberca y jugando a lanzarle globos de agua a su hermana Carmen. Ella, algunos años mayor, muchas veces acababa harta de tanto juego y terminaba por enfadarse. Pero Blanca no era de rendirse fácilmente, así que solía seguir chinchando a su hermana hasta agotar su paciencia.

En cuanto a su abuela, desgraciadamente murió más joven de lo que todos hubieran querido. La recordaba, quizá algo más seria que Carlos, pero siempre preocupada por ellas y tratando de que fueran felices. Podría decirse que mientras su abuelo era el más arriesgado y despreocupado, su abuela Manolita era más precavida y conservadora.

Ahora que Blanca era una madre adulta, se había prometido que sus hijas debían disfrutar de sus abuelos al menos tanto como ella lo había hecho, así que desde que nació Laura trató de que vieran a Juan y Cinta lo máximo posible.

Hoy, la noche de fin de año, no iba a ser menos.

—Os quedaréis un rato en casa con los abuelos hasta que yo vuelva, ¿vale? —dijo Blanca mientras abrazaba a cada hija con sendos brazos —Después vendrá a cenar la tita Carmen y jugaréis con los primos —sentenció tratando de sonar amable.

Ser madre era difícil, jodidamente difícil. Lo que peor llevaba era sin duda el tratar de responder cada día a esa fatídica pregunta que sobrevolaba su cabeza casi a cada instante: “¿Lo estaré haciendo bien?”

Los días en los que todo se torcía, tendía a pensar que era una mala madre y que no hacía nada a derechas. Otros días, los más optimistas, pensaba que sus hijas eran muy felices, que la querían y que lo estaba haciendo genial.

—Vale mami, ¿podemos pedirles a los primos que traigan al conejito Papu? —dijo Daniela mientras le correspondía el abrazo.

Aquella noche decidió quedarse con la segunda opción y sería una madre maravillosa.

—Está bien, ¡pero no olvidéis darle mucho heno! —respondió bromeando mientras hacía cosquillas a sus hijas cuando se disponían a entrar en el coche.

La casa en la que vivían Blanca, Laura y Daniela era sencilla. Tan sencilla, que apenas una sola planta de sesenta metros cuadrados era el espacio del que disponían para llevar una vida lo más digna posible. Un creativo diseño permitía alojar dos habitaciones, una cocina, un baño y un pequeño salón en ese espacio, con las lógicas limitaciones impuestas por su tamaño. A pesar de ello, habían decidido celebrar el fin de año allí en aquella ocasión.

—Mami, ¿nos mudaremos por fin el año que viene? —preguntó Daniela mientras cerraba la puerta tras de sí al llegar a casa.

Blanca casi vaticinó esa pregunta. Sabía que sus hijas comenzaban a sentir esa necesidad que suelen tener los niños de tener su propio espacio y no tener que compartir habitación con su hermana.

—Mamá hará todo lo posible —respondió Blanca sin creer demasiado en su propia afirmación.

Como bien sabía, una cosa eran los deseos y otra bien distinta era la realidad. Esta última le decía que ningún banco sensato le concedería una hipoteca dada su situación económica. Aún así, no descartaba encontrar la forma de ganar peso dentro de la clínica y poder aumentar sus ingresos, ya mermados por la cantidad de gastos que debía asumir.

—Cariño, ¿has recogido tu habitación? —preguntó Blanca a su hija Daniela mientras se daba un último retoque de maquillaje en el baño mientras mordisqueaba una onza de chocolate.

En esta ocasión la respuesta no vino de su hija, sino del timbre.

Sus abuelos acababan de llegar.

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