Una noche cualquiera, Carla recibe una extraña llamada a su programa de radio. Lo que parecía ser una simple broma acaba convirtiéndose en una pesadilla que amenaza con desenterrar su oscuro pasado.

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Capítulo 1.
Voces desde el otro lado
Carla se ajustó los cascos a sus orejas, tal y como haría cualquier adolescente en su habitación antes de comenzar una partida a los videojuegos o de escuchar a su rapero favorito. Acababa de sonar la sintonía introductoria del programa, una canción que ya se sabía casi de memoria, pero que no por eso dejaba de despertarle ilusión y nervios cada vez que la escuchaba.
—¡Estamos en directo en tres, dos, uno…! —señaló Alfonso desde detrás del cristal, con un entusiasmo más propio de un novato que de alguien con su dilatada experiencia.
El panel negro situado dentro de la cabina con las palabras EN EL AIRE se iluminó en un intenso color rojo, indicando que hasta el zumbido de una mosca cerca del micrófono sería retransmitido en ese momento.
—Buenas noches, queridos oyentes amantes de la hora bruja —dijo Carla casi susurrando en un característico y seductor tono radiofónico. Comenzamos una noche más, y ya van unas cuantas, con otra edición de “La Noche con Carla” —continuó la presentadora endulzando cada palabra y llenándola de un aire de misterio.
Durante su carrera había aprendido lo importante que era saber comunicar, y más aún hacerlo a través de un hilo invisible en el que miles de personas no pueden ver tus gestos. En ese punto, aspectos como el timbre de la voz, la entonación o la intensidad, se hacían esenciales.
Acercándose lentamente al micrófono, un enorme pompón de color azul que a veces le daban ganas de morder, continuó hablando:
—Como suele ocurrir, no sabemos hacia dónde nos llevará la madrugada. Lo que sí es seguro es que la siguiente hora y media la pasaremos juntos, contagiándonos del sabor de apasionantes historias y sumergiéndonos en todo aquello que queráis contarnos.
Alfonso la miraba desde el otro lado, mientras ajustaba los controles para que todo estuviera en orden. Había algo en aquella chica que le transmitía buenas vibraciones, y estaba seguro de que desde el otro lado, los oyentes sentían lo mismo.
El programa de Carla llevaba más de dos años en antena. Como en cualquier inicio, comenzó siendo una emisión de poco impacto, con unos cuantos oyentes casuales que en su mayoría eran miembros de su familia o amigos que sabían de su existencia. Sin embargo, poco a poco fue ganando fuerza, sobre todo a partir de la trascendencia que fueron tomando las historias y de los problemas que los oyentes contaban cuando entraban en directo, así como a raíz del interesante análisis e intercambio que Carla hacía con ellos.
Carla no era psicóloga, ni tan siquiera era experta en graves problemas emocionales o enrevesadas patologías. Tan solo contaba con la carrera de periodismo terminada hacía ya algunos años, la cual tardó en completar por la enorme dificultad para concentrarse que arrastraba desde la adolescencia. A pesar de eso, el tiempo fue demostrando que contaba con una especie de don para comunicarse y ayudar a los demás, al menos en la medida en la que se puede ayudar a alguien que está en antena durante unos minutos. Esto había hecho que las llamadas al programa se multiplicasen, y que la gente se animara cada vez más a compartir con ella y el resto de oyentes historias de lo más peculiares, desde las más hermosas a las más inquietantes.
—Desde aquí queremos aprovechar para enviar un fuerte abrazo a nuestra amiga Flor. Su llamada de anoche nos dejó a todos el alma agitada, y desde aquí le deseamos la fuerza para encontrar su camino en la difícil etapa que comienza—dijo Carla mientras revisaba algunos papeles encima de la mesa.
“La Noche con Carla” nació como un programa de radio bastante ordenado. Al principio, y quizá fruto de su inseguridad inicial, la locutora preparaba infinitos guiones muy estructurados que reflejaban al milímetro lo que esa noche se trataría. Aunque era imposible predecir lo que los oyentes contarían, Carla trataba de tener listo un abanico de respuestas aproximado, así como un tiempo en antena organizado para poder mantener el control. Con el paso del tiempo la cosa había cambiado muchísimo. Ahora la espontaneidad era la palabra que mejor definía el espíritu del programa, permitiendo que las cosas sencillamente surgieran sin necesidad de controlar tanto. Como era de esperar, esto había generado algún que otro problema, especialmente con personas que dedicaban llamadas obscenas a la presentadora o que entraban en antena para gastarle bromas. La última llamada que recordaba era la de un hombre de mediana edad, el cual tras haber dado los datos a Alfonso y comentarle brevemente un falso motivo para su llamada, se dedicó a pedir una pizza a la presentadora. Rápidamente y con guasa, Carla le había dicho que pronto la tendría en su domicilio, con extra de capulloni.
Esa noche Carla acababa de mencionar una llamada que les había entrado en el programa anterior. La cosa se había alargado y la locutora se quedó con la sensación de no haberle podido aclarar a aquella mujer todo lo que deseaba. Esto era algo que a veces le sucedía, generalmente debido al tiempo limitado del que disponían. Además, era frecuente que al llegar a casa después de una noche de radio se quedase dándole vueltas a los casos que le habían resultado más impactantes. Era algo que todavía no había logrado manejar.
Flor era una mujer recién divorciada. Estaba viviendo un auténtico infierno en su proceso de separación, y llamó al programa en busca de consejo. Al parecer, había visto a su ex marido tonteando con una chica más joven escasos días después de terminar, y esto la enfureció enormemente, haciendo que se obsesionara con ella.
—¡Voy a matarla! —había dicho en un tono lleno de odio.
—Aunque no estoy dentro de ti, puedo llegar a entender cómo te sientes —había respondido Carla tratando de empatizar con la oyente. Debe de ser muy duro encontrase con una cosa así, pero… deja que te diga algo —continuó mientras llevaba la conversación al punto que quería. ¿Has pensado en transformar esa rabia en ilusión? —añadió de repente, sin que nadie esperase ese giro.
La oyente había quedado confusa, y por unos instantes soltó ligeramente su odio.
—No sé, quizá suene raro, pero toda esa ira al fin y al cabo es energía que ahora mismo tienes orientada a hacer daño. Sería muy valiente si lograses redirigirla hacia lo que de verdad deseas en tu vida —había agregado Carla en un tono calmado y confiado.
Desde ahí la conversación fue tomando otro cariz, donde poco a poco la presentadora trataba de que Flor no se aferrase a esa situación de vida que la tenía atrapada para poder enfocarse mejor en todas las oportunidades que tenía por delante.
—¡Parece que tenemos nuestra primera llamada de la noche! —exclamó Carla con todos sus sentidos puestos en el presente.
Tras unos segundos, llegó a los oídos de la presentadora el sonido de una respiración algo entrecortada al otro lado, seguida de un tenso silencio.
—¿Hola? —¿Tenemos a alguien ahí? —añadió a la espera de obtener respuesta.
Carla acababa de leer en su teléfono móvil, el que colocaba siempre al lado del micro, que la persona que llamaba era Miguel, de 45 años, y que estaba preocupado porque acababa de perder su empleo.
Alfonso habituaba a recopilar y enviarle por whatssap a la presentadora una breve descripción de las personas que llamaban, como una especie de filtro en un intento por facilitar las cosas.
—¿Miguel? —agregó Carla en un último intento porque aquel oyente se manifestase.
Sólo se escuchaba el silencio.
A veces ocurría. Alguien llamaba y después, a la hora de la verdad, colgaba el teléfono. Quizá eran personas que se arrepentían de haber llamado, o a las que simplemente les daba vergüenza cuando se veían en antena.
Carla hizo con sus dedos la señal de unas tijeras abiertas en el aire mientras miraba a Alfonso. Era el gesto típico para avisarle de que cortase la llamada.
Cuando estuvo a punto de cerrarlas, una voz le hizo detenerse repentinamente.
—Hola Carlita, ¿cómo estás? ¿Te acuerdas de mí? —respondió una voz grave al otro lado de la línea.
Al oír aquella voz, decenas de recuerdos y emociones se arremolinaron simultáneamente en la cabeza de la presentadora, creándole una sensación de terror casi instantánea.
“No puede ser” —pensó mientras la mano que aún mantenía en el aire comenzaba a temblarle.