Daniel Lobato

Psicólogo y escritor

Menú
  • Sobre mí
  • Mis obras
    • NOVELAS
      • La sala del despertar
      • La sombra de un fantasma
      • La última noche
      • El escritor
    • CUENTOS INFANTILES
      • ÉRASE UNA VEZ
    • POESÍA
      • Poemas desde la crisálida
      • Un vuelo destartalado
    • RESEÑAS
    • ¡CONSIGUE TU LIBRO!
  • Terapia
    • CONSULTAS PSICOLOGÍA
    • EXPERIENCIAS PACIENTES
    • AGENDA TU CITA
Menú

La sala del despertar

Marta, una responsable y alegre enfermera parece tenerlo todo. Trabaja en uno de los hospitales más prestigiosos de Madrid, vive en un chalet espectacular y está casada con Javier, uno de los psicólogos más célebres de la ciudad. Pero a veces, no todo es lo que parece ser, y los fantasmas que hasta entonces dormían en lo más profundo de su ser comienzan a aparecer, amenazando con ponerlo todo patas arriba.

15 euros

Capítulo 1.

Tres en raya

       —No tiene sentido —dijo con un tono exasperante.

       El Sr. Giráldez se mesó el cabello varias veces mientras se ajustaba las gafas a la nariz con su dedo índice. Tenía esta costumbre cada vez que se encontraba tenso, aunque en realidad no le servía de mucho, ya que a los escasos segundos las gafas volvían a estar donde al principio. Su pelo era canoso y rizado, el cual unido a su radiofónico tono de voz le confería cierto misticismo y aires de sabio. Si en lugar de encontrarse en la consulta de un psicólogo estuviera dando una charla en alguna universidad, bien podría pasar por un prestigioso profesor.

       —Le digo que no lo tiene, así que no trate de convencerme de lo contrario —añadió con tono firme y alzando levemente la voz.

       Javier le miraba desde su butaca, igual de atento a sus palabras como a los gestos de su cuerpo y de sus manos. Durante su larga carrera había aprendido que ambos aspectos eran igual de importantes, por lo que debía encontrar un equilibrio entre ellos para poder sacar sus conclusiones.

       El trabajo de psicólogo le parecía cuanto menos apasionante. Era la forma ideal de profundizar en las personas y en la verdad de las cosas, si es que las cosas podían ser verdaderas de algún modo. Se veía a sí mismo como un alquimista, pues tenía que mezclar en dosis exactas diferentes elementos para poder ayudar a las personas.

       Por un lado, estaba lo que éstas le decían, por otro, lo que en verdad querían decir, en penúltimo lugar se encontraba cómo se sentía él mismo ante ambos hechos, y por último, debía elaborar una respuesta concisa y acorde a todo esto, generalmente en forma de pregunta.

       Tras clavar sus ojos en los de su paciente, sin juzgar, e irradiando toda la comprensión que sus años de práctica le conferían, dijo:

       —¿Por qué iba yo a convencerle, Sr. Giráldez? ¿Acaso mi verdad tiene más valor que la suya?

       El Sr. Giráldez, que de algún modo esperaba que su psicólogo tratara de persuadirle de lo contrario, de que la vida era hermosa y digna de ser vivida, se sintió confuso.

       —No estamos aquí para eso —continuó Javier. —¿Recuerda aquello de lo que hablamos en nuestra primera sesión, acerca de que un psicólogo no es más que un espejo donde el paciente pueda reflejarse? Pues bien, parece que el reflejo está mostrando a alguien desesperanzado, y con unas ideas rígidas que parecen estar haciéndole daño. La cuestión es si usted quiere seguir siéndoles tan fiel como hasta ahora o sí le gustaría que trabajásemos para buscar nuevas verdades —terminó diciendo.

       El paciente estuvo a punto de contraatacar. “¿Nuevas verdades? ¿Acaso hay otra verdad distinta a la que acabo de decirle?”, pensó. Sin embargo, en el fondo sabía que sí las había…

       —Para eso estoy aquí —murmuró en un tono algo más optimista. —Para que me ayude a verlas.

    Sara se tumbó en el sofá del salón, pensativa. Aún le dolía la cabeza después de la visita de la noche anterior a casa de su hermano. Cada vez que cenaba con ellos se tomaba unas cuantas copas, y en aquella ocasión no fue diferente. Una parte de ella le impulsaba a beber más de la cuenta en estas visitas, quizá porque no podía soportar a su cuñada Marta. Se conocían desde el instituto, incluso habían compartido algunas clases antes de terminarlo y que cada una eligiese su camino, pero lo cierto era que siempre le había resultado una repipi remilgada que quería ser el centro de atención y que todos la miraran.

       Aún recordaba aquel día en el que ella había estado preparándose a conciencia su trabajo de fin de curso para la asignatura de ciencias. No tendría más de quince años, pero si se lo proponía, todavía lograba enfadarse con Marta al pensar en aquello. Estaban estudiando la Tierra y sus capas, y ella había construido un volcán más que realista que expulsaba zumo de naranja en lugar de magma eso sí, pero que generó un gran asombro entre sus compañeros.

       Marta esa mañana tenía ganas de dar la lata. Su proyecto era una recreación de un terremoto, con una especie de circuito a pilas que hacía que toda la caja de cartón que antes contenía las botas de su madre temblara con solo pulsar un botón. No estaba mal, y ella lo sabía, pero parece que no le gustó demasiado las caras de asombro de todos los niños, en especial la de Carlos, ante los divertidos e impresionantes churretones de zumo que se proyectaban desde el volcán de Sara.

En la presentación comenzó a hacer críticas y preguntas buscándole las cosquillas al volcán, con una sutileza que al principio no hacía ver sus intenciones a los demás:

       —¿No está muy fría tu piedra para ser un volcán? —le había dicho con esa sonrisita que ya conocía de otras veces en las que se disponía a comenzar a taconear en tu cara.

       —Don Joaquín, ¿los volcanes no expulsan gases en cada erupción junto con la lava? —continuó.

       —Don Joaquín el cráter…

       —¡Vale! —le había interrumpido bruscamente Sara. —Resulta que no tenemos microondas en clase, y los gases… —estuvo a punto de soltar una bordería pero se contuvo al ver la cara del profesor. —Los gases sí que es cierto que podía haberlos simulado, pero…

       Sara se sintió fatal por aquello. Marta siempre se las arreglaba para dejarla en ridículo, pero lo que más le fastidió fue que acabó dándole un poco la razón. A Sara no le gustaba esa parte suya. A veces se sentía como un guerrero que, tras una lucha encarnizada y tener a su enemigo al otro lado de la espada, no era capaz de terminar con aquello. ¿Sería bondad? ¿Miedo? No lo sabía con seguridad. En el fondo pensaba que las guerras no tenían fin, y que generaban más y más violencia. Por eso a veces se contenía.

       Vivía en un modesto piso a las afueras de Madrid. Con su sueldo de dependienta en aquella tienda de ropa apenas le daba para pagar las facturas y permitirse alguna que otra escapada de fin de semana con sus amigas del club de lectura. Había entrado en ese club por recomendación de una antigua compañera de trabajo y la verdad es que le gustaba compartir su visión de aquellas novelas con las demás.

            El último libro que habían comentado era el famoso “Tiempo entre costuras”. Había pasado varias noches acurrucada en la cama leyéndolo junto a Gus, su gato. Cuando había algo que la sorprendía miraba a Gus y le decía con los ojos como platos: “¡No me lo puedo creer!”

       El gato siempre la miraba extrañado, como intentando entender algo, pero siempre volvía a amodorrarse en su canasto.

       El libro le gustó, al menos en esencia, y a veces se sentía identificada con su protagonista Sira Quiroga y con su apasionante historia de amor, pero también encontró la historia a veces un poco enrevesada y larga para el tipo de lectura que a ella le gustaba. No podía evitar pensar que buscaba en aquellos libros lo que no tenía en su vida, como una especie de masoquismo que no entendía, pues llevaba sola muchos años.

       El caso es que aquella cena la había hecho volver a beber y darle vueltas a la cabeza más de la cuenta aquella tarde, preguntándose qué había visto su hermano, un psicólogo de prestigio y que a ella le parecía “mono”, en aquella ricitos de oro presumida.

    La noche iba a ser fría. Marta se bajó en la parada Hospital 12 de Octubre. Tal y como solía hacer, salió de casa como una hora antes, tomó la línea diez de metro desde Cuzco hasta Plaza de España, y una vez allí hizo transbordo en la línea tres hasta su destino. Había calculado que así apenas tenía que caminar unos minutos entre estación y estación, y la mayor parte del viaje lo haría dejándose llevar, que era lo que más le gustaba.

       Vivir en Chamartín le encantaba. Era un barrio de los más caros de Madrid, y hacía algunos años se habían mudado a un chalet enorme con perro, jardín y piscina, por ese orden. Aunque estaban metidos en una hipoteca, tanto ella como su marido no tenían problemas para hacerle frente, incluso para darse algún que otro capricho de vez en cuando. Un ejemplo era su último viaje a la Selva Negra, en Alemania, del que se llevaron un precioso recuerdo, y un buen resfriado, todo hay que decirlo.

       Marta era feliz, o al menos eso se desprendía de su acomodada vida, la implicación en su trabajo, el incondicional amor hacia Boogie, su perro, y su idílica relación con Javier. De momento no tenían niños, y aunque ya iba siendo hora, a Javier no le hacían mucha gracia y ella a veces sentía que estaba reprimiendo su instinto natural.

       Casi sin darse cuenta aplazaba sus ganas un mes, y otro, y otro… Y a sus treinta y ocho años casi sin querer se convencía de que quizá ya era demasiado tarde.

       Se habían conocido en una conferencia que Javier había impartido en el hospital hacía ya doce años. Ella recién había terminado su formación de especialista como enfermera, y su buen hacer y profesionalidad le habían permitido quedarse en el mismo hospital donde se había formado. Nunca olvidará como Javier, con esa calma y seguridad en sí mismo que ella envidiaba, había encandilado a su jefe y al resto del equipo médico hablándoles acerca de cómo tratar con los familiares de los enfermos graves en el hospital. Aún recordaba sus palabras de aquel entonces:

       —La familia es una pieza fundamental en el puzle de la recuperación de estos enfermos. Es esencial que, a la vez que constituyan un pilar donde éstos puedan sustentarse, también mantengan la suficiente distancia y la consiguiente atención hacia sí mismos para sobrellevar la larga carrera de la enfermedad.

       Había mucho de cierto en las palabras de Javier. Ella había visto durante sus años de práctica cómo decenas de familiares habían hipotecado sus vidas a favor de su hijo o su marido enfermo, muchas veces magnificando la enfermedad que tenían y haciéndoles más dependientes, otras pensando que era imposible que pudieran disfrutar de una tarde de cine para desconectar y “abandonar” a su hijo enfermo en el hospital.

       Para aquel entonces Marta tenía veintiséis años, y hacía dos que había terminado una relación de las que ella consideraba “catastróficas”. No sabía cómo había durado tanto con Marcos, aunque con el tiempo descubrió que no lo quería, sino que estaba enganchada a él, y le daba pena dejarlo. A pesar de ello un día reunió fuerzas, se plantó en su piso una noche de sábado para dar por concluida su relación cuando le abrió la puerta una chica rubia medio desnuda en ropa interior. Casi hubiera preferido que las cosas resultaran como había planeado antes que darse de bruces con esa imagen, y eso le llevó a obsesionarse y odiarle aún más durante meses. Se prometió entonces que nunca más la engañarían, y que tardaría bastante en volver a enamorarse.

       —¿Te apetece tomar un café? —le había dicho Javier justo antes de terminar su ponencia.

       A Marta le cogió totalmente por sorpresa esta pregunta, pues aunque el psicólogo la había mirado a los ojos un par de veces durante dos segundos más de la cuenta en su charla, pensaba más que eran imaginaciones suyas.

       —Me gustaría que me contases un poco acerca de cómo han sido tus prácticas aquí — añadió. —Soy tutor en otro hospital y quizá pueda serme útil.

       Al comenzar la charla, todos se habían identificado, y por eso Javier sabía de su pasado allí, y aunque a Marta le sonó algo raro el pretexto para tomar un café, aceptó encantada.

       —De acuerdo… murmuró algo nerviosa. ¿Qué tal en la cafetería de abajo? —había dicho.

       Ese café se convirtió en una segunda cita, luego en una tercera. Marta recordaba cómo Javier le había enamorado con su labia y su inteligencia. Era capaz de ver infinidad de puntos de vista sobre un mismo asunto, debatiendo todo con ella en un tono afable y despreocupado, a la vez que se interesaba en la opinión de ella. Fue a todas luces el comienzo de algo hermoso, y totalmente inesperado.

       Aquella noche de invierno, Marta cruzó la calle a toda prisa. Llegaba tarde al turno de noche en el hospital y no quería escuchar las quejas de sus maniáticas compañeras por llegar cinco minutos tarde. Ese lunes solo serían tres enfermeras en la planta.

       —¡Hola! —dijo Marta enérgicamente al entrar en el vestuario de la planta de enfermería.

       —¿Qué tal?… —respondió Laura en un tono mucho más melancólico.

       —¿Qué ocurre? —continuó Marta preocupada.

       —Creo que tenemos una mala noticia —añadió la enfermera.

© 2026 Daniel Lobato | Funciona con Minimalist Blog Tema para WordPress