Cuando una pareja de enamorados se embarca en un lujoso crucero para celebrar su reconciliación, no imagina que el mal viaja con ellos.
Desenlace de La Sala del Despertar y La Sombra de un Fantasma.

15 euros
Capítulo 1.
Volver a nacer
-“Sí, quiero”.
Aquellas dos palabras fueron melodía para sus oídos. Al oírlas, sintió que respiraba un aroma cargado de ilusión, mientras que un sabor a dulce, como a algodón de azúcar, se dispersaba por su boca.
Cuando Marta tuvo delante de sus ojos a Javier, con tan solo tocarlo pudo comprobar que aún sentía muchas cosas hermosas por él. Para ser sinceros, ella nunca había creído en las segundas oportunidades, y mucho menos en volver a casarse con la misma persona sin ni tan siquiera haber llegado a separarse. Lo veía como una de esas cosas raras que hacía la gente que se aburría demasiado o que no sabía en qué gastarse el dinero. Sin embargo, cuando él se lo había propuesto apenas unos días después de abandonar el hospital, le fue literalmente imposible decirle que no. Vio a su marido tan ilusionado y con una mirada tan llena de vida, que casi sin darse cuenta en pocos días se encontraban de nuevo frente a frente en un improvisado altar.
El lugar elegido había sido la Sierra Norte de Madrid, muy cerca de la dehesa de Somosierra. El escenario era idéntico a aquel en el que se casaron hacía más de diez años, aunque en esta ocasión contaron con tan solo unos cuantos invitados afines. Esta decisión había sido consensuada por ambos, ya que en aquel renacer prefirieron tener cerca solo a las personas que realmente contaban.
Al llegar allí, ambos recordaban haber bromeado acerca de qué poco había cambiado la naturaleza y cuánto habían envejecido sus cuerpos. Todo y nada seguía igual, y precisamente por eso aquello resultaba tan conmovedor.
Al terminar la celebración, el día había resultado tan ilusionante, tan lleno de emoción y magia, que ambos lograron olvidar por unas horas los terribles momentos que habían vivido apenas unos meses antes en casa de Clara. Marta, por fortuna, se había recuperado bien de su trasplante, y a excepción de la necesidad de tomar medicación inmunosupresora cada día, podía hacer una vida bastante normal. Javier, por su parte, había vuelto a su trabajo en la consulta, donde el número de pacientes a los que asistía había aumentado considerablemente.
Aquellos momentos de celebración y júbilo ya quedaron atrás, y esa tarde de junio se encontraban sentados uno junto al otro, con el horizonte como único testigo de su renovado amor.
No era así como había imaginado su vida. Jamás pensó que su perspectiva estaría compuesta por doce barrotes dispuestos de forma vertical, la mayoría de ellos oxidados, y la visión intermitente de un guardia paseando por los pasillos de una prisión. A pesar de ello, Roberto pensaba que había obrado bien. Carla no tenía la culpa de su odio, de su sed de venganza, de sus ganas de tomarse la justicia por su mano. Él la había arrastrado a aquella casa en la que encontrarían la mano de un demonio vestido de ángel. Estaba convencido de que ella sola no lo hubiera hecho, y ahora él debía pagar por ello, o al menos eso era lo que se suponía que debía ocurrir.
El Centro Penitenciario de El Dueso de Santoña está ubicado en un enclave único. También llamado “La cárcel del mar”, sorprende por la belleza de los paisajes que le rodean, dotando a algunos presos privilegiados de la oportunidad de disfrutar de unas vistas espectaculares del litoral desde sus propias celdas. En la actualidad se trata de la única prisión de la Comunidad Autónoma de Cantabria, y cuenta con la peculiaridad de haber albergado entre sus paredes a personajes tan famosos como el general Sanjurjo o el dramaturgo Antonio Buero Vallejo. Siempre había sido una cárcel para hombres, aunque hacía apenas unos meses y ante el gran aumento del número de mujeres condenadas a prisión, se decidió destinar uno de sus doce módulos a alojarlas a ellas, convirtiéndolo así en un centro mixto. En la actualidad, 2.052 hombres y 236 mujeres convivían allí.
Roberto era uno de los presos afortunados. Por una simple cuestión logística y de distribución de los reclusos, su celda contaba con la altura y el ángulo ideal para permitirle observar directamente el mar desde su ventana. Había veces en las que por la noche incluso lograba escuchar el rugido de las olas chocar contra las rocas, sonido que comparaba al de su corazón impactando contra su pecho, ansioso de libertad.
Todos y cada uno de los días de su condena pensaba en ella. A veces, incluso soñaba que vivían juntos en la misma celda, y que pasaban las noches abrazados mientras la tímida luz de la Luna se colaba por su enrejada ventana.
Las visitas eran mínimas, y aunque había tenido la oportunidad de ver a Carla en algunas de ellas, el tiempo de contacto era muy escaso al no tratarse de un familiar directo. Esto le perturbaba y le llenaba de rabia, ya que no poder estar cerca de lo único que ya le importaba en su vida era un golpe muy difícil de encajar.
Tras casi cinco meses encerrado, el principal entretenimiento que había encontrado fue escribir. En su gran mayoría se trataba de reflexiones personales acerca de su vida, proyecciones acerca de un futuro soñado o incluso pequeñas historias en las que aprovechaba para dejar volar su imaginación.
Apenas había logrado hacer algunos contactos dentro de la prisión, siendo quizá el más destacable el de un hombre llamado Jesús al que había conocido en el taller de barro. Se trataba de un hombre extremadamente delgado, de pelo largo, mente inquieta y muy vivo. A Roberto le gustaba escucharle, ya que siempre tenía ideas un poco locas, especialmente acerca de conspiraciones y tramas ocultas en la prisión. Sin embargo, lo que más le gustaba oír eran sus descabellados planes de fuga. Jesús estaba convencido de que era posible escapar de allí, y se cubría con un halo de misterio asegurando que pronto revelaría su gran secreto. Roberto se reía con él, y una parte de su interior no podía evitar reflexionar acerca de todo aquello que le oía decir.
A pesar de las hermosas vistas al mar, no estaba dispuesto a pasar allí quince años de su vida.
Cuba no es el mejor sitio para muchas cosas, aunque sí que lo es para muchas otras. Desde que Óscar llegó allí apenas hacía un mes, le sorprendió lo difícil que resultaba alimentarse adecuadamente. Era bastante frecuente que mucha de la comida que en España solemos encontrar cada día en el supermercado, un buen día desapareciera sin saber muy bien hasta cuándo. Esto le desconcertaba enormemente.
Apenas una semana antes de llegar, tuvo la gran suerte de encontrar un apartamento en alquiler a un precio bastante económico. Su dueño decía ser un hombre de negocios que pasaría el resto del verano fuera, así que dar con Óscar, un cirujano madrileño que le ofrecía garantías de pago, había sido toda una suerte para él.
El Hospital Hermanos Ameijeiras constituye el hospital público por excelencia en Cuba. Situado en el centro de La Habana y con su imponente torre visible casi desde cualquier parte de la ciudad, se había hecho famoso por una gran variedad de éxitos médicos desarrollados entre sus paredes, los cuales iban desde complejas operaciones de microcirugía hasta los más diversos trasplantes de órganos y tejidos.
Óscar había decidido solicitar el traslado desde Madrid para trabajar allí, al menos durante el verano. La cantidad de trasplantes que allí se realizaban aumentaba cada año, y su dilatada experiencia le hizo posible acceder al puesto sin demasiados problemas.
Antes de conocer a Marta, ya rondaba por su cabeza la idea de cambiar de aires, y conocer a fondo la capital cubana le atrajo desde el principio. Ahora que su idilio con la enfermera había terminado, decidió que era el momento.
Todo parecía marchar bien en su vida. Todo salvo un pequeño detalle: seguía sin encontrar a la mujer de su vida.
—Una caipiriña sin alcohol, por favor.
A Marta no le estaba resultando del todo fácil acostumbrarse a llevar una vida sana. Los médicos habían insistido en que no debía tomar alcohol bajo ningún concepto, y que debía limitar el consumo de sal y de grasas todo cuanto pudiera.
—Para mí, otro mojito. Con mucho alcohol —bromeó Javier con una sonrisita más propia de un niño pequeño.
—¿No crees que ya son suficientes mojitos por esta noche? —espetó su mujer medio en broma medio en serio.
Javier se echó las manos a la cabeza en un aparente gesto de sorpresa, como si no pudiera dar crédito a las palabras de su mujer.
—Tengo que tomar muchos mojitos para luego mojar el… —dijo Javier con tono cantarín.
—¡Shhh, calla! Estás ya un poco borrachín —dijo Marta mientras le cogía del brazo.
— Solo un poquitín —respondió Javier a punto de comenzar a reír.
—¿Ahora todo lo vas a decir en rima? —apuntó Marta que no recordaba haber bromeado así con su pareja en años.
Después de un breve silencio, Javier farfulló:
—¡El chirri de tu prima!
Ambos estallaron en una sonora carcajada que se oyó en todo el bar.
Lo estaban pasando bien, y haber logrado recuperar esos momentos de complicidad era señal de que las reconciliaciones eran posibles. Ahora Javier estaba mucho más pendiente de ella. Iban juntos al cine, cocinaban platos nuevos, hablaban mucho más en profundidad acerca de sus preocupaciones. Hacían todo lo que un día olvidaron hacer.
—¿Echas de menos a tus pacientes? —preguntó inocentemente Marta justo en el momento en el que les traían las nuevas bebidas.
Javier, con la cara ya enrojecida por los efectos del ron, respondió:
—¿Echarlos de menos? No me hagas reír… ¡Son insoportables esos lunáticos!
Marta sonrió. Hasta ese momento su marido no se había sincerado mucho con ella acerca de su trabajo. Pensó que aquel era el momento de saber un poco más acerca de él.
—Uhhh. ¿De veras no los aguantas? Se te ve tan profesional… —insistió Marta mientras le daba el primer sorbo a su caipiriña.
Javier la miró fijamente, con la expresión propia de alguien que ha bebido algunas copas de más, y respondió:
—¡Son el coñazo más grande que uno puede imaginar! Se quejan siempre de lo mismo, no hacen nada y quieren que papá les solucione todo.
Marta no pudo evitar sorprenderse ante las respuestas de su marido. Sabía que su trabajo a veces le cansaba, pero hasta ese punto. Aún a pesar de estar rodeados de gente, decidió seguir con el jueguecito:
—¿Cuál ha sido el paciente más pelmazo al que has tenido que aguantar? —preguntó con morbosa curiosidad.
Javier, que en aquel momento no medía con mucha precisión sus palabras, dio un largo trago a su mojito, se aclaró la voz y se dispuso a responder:
—¿Te hago una lista? Una vez un tipo me confesó que bebía diez litros de Coca-Cola al día. ¡No sé cómo no explotaba, joder! Luego, cuando le daba la gana, se levantaba y daba la sesión por terminada…
Marta no pudo evitar reír ante tal ejemplo. Sabía que no estaba bien reírse de la gente, y mucho menos de personas que tenían problemas. Sin embargo, aquella noche decidió pasarlo bien y dejarse llevar.
—¿Qué más? —insistió Marta.
Tras una breve pausa, Javier continuó:
—Luego, un chavalín de apenas doce años, cogió miedo de jugar a un videojuego porque pensaba que sus personajes se presentarían en su casa a matarle…
Marta no daba crédito.
—¿En serio? —dijo su mujer con los ojos abiertos a modo de sorpresa.
—Como te lo estoy contando… —añadió Javier.
—Desde luego es muy fuerte como… —intentó decir Marta sin poder terminar la frase.
—Pero el caso más heavy era el de una mujer con anorexia —dijo Javier interrumpiendo a su mujer. —Carmen, no se me olvida. Llevaba tatuada una enorme araña en el dorso de la mano que daba un repelús… La tía se pesaba cien veces al día y no había manera de que entrase en razón…—concluyó Javier algo sobre excitado.
Marta comenzó a sentirse mal. Hablar de aquello ya no tenía gracia, y al oír detalles acerca de esa terrible enfermedad trató de reconducir la conversación, aunque ya era demasiado tarde.
—¿Y sabes qué ocurrió? —dijo su marido levantando cada vez más el tono de voz.
Su mujer no tuvo tiempo de detenerlo.
—¡Se puso gorda! —exclamó Javier mientras comenzaba a reír.
—Está bien, Javier, vámonos ya a dormir —dijo Marta sabedora de que aquello no podía llevar a nada bueno.
—¡Tanto tiempo sin comer y acabó como una vaca! —continuó Javier entre gritos y risas con evidentes signos de embriaguez…
A escasos metros de donde estaban sentados, un hombre estuvo a punto de levantarse a increparle, pero otro hombre más mayor que estaba junto a él le detuvo.